Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Sacaron galletas de maíz de sus alforjas de cuero y unos trazos de carnero asado; comieron, dieron a los monos algunas granadas y se tendieron sobre la hierba encendiendo sus cibuc. Cuando cayó la noche, el de mayor edad se encaramó al muro y dio un vistazo al campamento que se hallaba alumbrado por grandes fogatas; se aseguró de que todo estaba en calma y fue a ocupar su lugar al lado del compañero. El sonido estridente de un clarín despertó a hombres y cuadrumanos cuando recién aparecían en el horizonte los primeros tintes del alba.
—¡En marcha! —dispuso Karawal—. Vamos a enterarnos de lo que sucede en Bukara.
Tirando de sus monos se dirigieron al campo de los prisioneros, los cuales habían sido sujetos en grupos de veinte mediante una larga cadena que pasaba por sus cinturas y guardados por caballería usbeka y bukara. Se trataba de los más comprometidos en la insurrección a los cuales el emir quería interrogar y devolver luego vivos a los moscovitas sin tener derecho a imponerles otro castigo que el de multas pecuniarias, las que, naturalmente, serían ruinosas. En el cuarto grupo se hallaban Hossein y Tabriz atados uno junto al otro con doble cadena. El gigante estaba furioso y lanzaba miradas de exterminio sobre los guardianes; su señor, en cambio, parecía como si el último golpe lo hubiese aniquilado.