Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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La caravana, compuesta de unos trescientos cautivos y casi doscientos guardianes bajo el comando del representante del emir; se había puesto en movimiento y los dos fingidos saltimbanquis la siguieron sin que a nadie le llamase la atención. Descendió las últimas pendientes del Sarset-Sultán y entró en la estepa de Karnak-Tschul, que divide las tierras de Kitab de las de Bukara. No era esta una planicie como la habitada por los sartos, en que crecían hierbas y flores, sino un páramo interminable quemado por el sol y sin más vegetación que algunas gramíneas tan duras que apenas los camellos podían tolerarlas. A pesar de la tranquilidad del aire, se veían numerosas cortinas de polvo que a la hora del crepúsculo tomaban un tinte color azul oscuro y producían la impresión de un extenso mar al fondo del horizonte. El que levantaban los cascos de los caballos cubría a la columna de una ligera nube como de humo que secaba la garganta e irritaba los ojos de los prisioneros.

—Este es un país maldito —dijo Tabriz a Hossein—. ¿Has visto alguna vez, mi señor, una estepa más árida que esta? Si llegara a soplar la burana pasaríamos un mal cuarto de hora.

—¿Qué es la burana? —preguntó el joven distraídamente.

—Un terrible huracán de arena que a veces resulta fatal a muchas caravanas.


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