Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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En efecto, las fieras al ver que los hombres no abandonaban la altura, habían colocado la cabeza entre las patas delanteras y entornado los ojos. Al coloso ya empezaba a aburrirlo aquella situación y suponiendo que se hubiesen realmente dormido, había decidido tentar un golpe audaz.

—¡Pase lo que pase, voy a embestirlos! —dijo.

—¡Te acompaño! —declaró el sobrino del beg.

—¡Es una locura, señores! —les previno Karawal.

No era por sus vidas que se preocupaba el bandolero, sino porque si eran despachurrados por los leones él se encontraría solo para afrontarlos.

—Quédate aquí si tienes miedo —le dijo Tabriz.

—Yo no soy un guerrero como ustedes, señores, sino un pobre loutis —lloriqueó el taimado.

—Permanece, entonces —concedió Hossein.

Los dos turquestanos armaron sus pistolas, desenvainaron los cangiares y con infinitas precauciones iniciaron el descenso del cerrito para ver de acercarse a las fieras hasta tenerlas a tiro. Estas parecían verdaderamente dormidas, pero cuando ya estaban a mitad camino detonó eh los ámbitos un rugido tan potente como un trueno. El macho había saltado como movido por un resorte, con la crin erizada, y se había encogido preparándose para el gran brinco.


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