Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —Eres un buen hombre y recibirás un regalo digno del sobrino de un beg —le prometió Hossein.
—¿Habrá aquà un vado? —inquirió Tabriz.
—Eso es lo difÃcil, señor —manifestó el bandido—. El Amú debe ser en esta parte ancho y profundo y sin una barca no podremos atravesarlo. Pero si no yerro debemos estar no distantes de una aldea de pescadores de garÃtsa. ¿Conocen ustedes esos exquisitos peces que se parecen a las truchas?
—Nos interesa más conocer a los que los pescan —apuntó el coloso.
—Si me lo permiten me pondré a buscarlos. Tenemos todavÃa unas horas de luz y mis piernas aguantan perfectamente. Aquà pueden aguardarme tranquilos, pues estas riberas están deshabitadas; continúen andando hasta el rÃo y enciendan fuego; me comprometo a volver con una barca.
—Bien; nosotros trataremos entretanto de procurar la cena —dijo Hossein.
El «loutÃs» se alejó siguiendo el margen de la arboleda y el gigante y su, señor se internaron bajo la bóveda de follaje para gozar de su deliciosa frescura al cabo de ocho dÃas de extenuantes caminatas asaeteados por los ardientes rayos del sol.