Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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El músico, arrancando sones a las cuerdas de su instrumento, penetró en la tienda mostrándose en plena luz. Era el mismo que soportaría más tarde el espantoso suplicio inventado por la mente infernal de los verdugos persas. Llevaba en la cabeza un pesado gorro de piel de cordero negro, en forma de cono truncado y vestía una largó túnica de burdo paño oscuro que le llegaba hasta las gruesas botas claveteadas. Todas sus armas parecía consistieran en un yatagán de ancha hoja, pero cierto abultamiento de la ropa hacía sospechar que llevase alguna pistola.

—¿De dónde vienes? —le preguntó el beg.

—De la casa de la sin par Talmá, mi señor —respondió humildemente, curvando su dorso de bisonte—. He tocado bajo sus ventanas hasta la puesta del sol.

—¿Es ella la que te manda? —quiso saber Hossein.

El músico tuvo una breve hesitación, y antes de contestar, miró de soslayo a Abei, que estaba entretenido con los halcones. Después de un rato dijo:

—No, mi señor.

—¿Cómo has sabido, pues, que acampábamos aquí?

—Un pastor sarto me lo reveló y decidí venir a regocijar tu noche. Soy pobre y debo aprovechar todas las buenas ocasiones que se me ofrecen para poder vivir y ellas no se presentan todos los días.


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