Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —Mi siervo te dará de comer y beber —declaró el anciano— y cuando te vayas, no será con la bolsa vacÃa. Tabriz: trae algo para este hombre.
El gigante abrió un cofre, sacó un plato de plata lleno de trozos de cordero asado y lo puso cerca del mestvire que se habÃa sentado sobre la alfombra y templaba su «guzla».
—Voy a narrarles, mi señores —comenzó este— la historia del alfarero de Albonaz. ¿La conocen?
—No —respondió el beg.
—Escúchenla, entonces:
Al pie de las montañas de Albonaz, en una peque ña aldea, habitaba un mollah[4] de nombre Tafilet. Un dÃa fue a visitarlo un alfarero al que conocÃa muy bien por haberle comprado varias veces vasijas de barro. El mollah, aunque pobrÃsimo, era muy hospitalario y le ofreció lo que tenÃa: moras e higos secos, después de lo cual ambos se echaron a la sombra de un bosquecillo de granados, al borde de un arroyo, y se entretuvieron fumando y conversando. En cierto momento dijo el alfarero:
—Tengo en casa una hija que es bella como una flor de la estepa y ha alcanzado la edad del matrimonio. Si la pudiese colocar convenientemente, yo recuperarÃa mi libertad y podrÃa casarme otra vez, pues mi primera esposa se me murió hace mucho tiempo.