El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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El capitán Tormenta cogió su capa y, echándosela por los hombros, salió de la tienda diciendo a sus hombres:

—¡Al fuerte de San Marcos! ¡Allí, donde los turcos están atacando y el peligro es mayor!

Y salió, sin mirar a su rival, seguido del señor Perpignano y de los soldados, quienes además de las alabardas llevaban fusiles de mecha.

La noche era oscurísima; todas las ventanas estaban cerradas, y los faroles, apagados. Una llovizna persistente caía, acompañada de un viento cálido, enervante, proveniente del desierto de Libia, que pasaba silbando siniestramente por entre los tejados de las casas.

El cañón sonaba con mayor frecuencia que antes, y de cuando en cuando una bala de piedra cruzaba los aires, dejando tras sí una estela de chispas, y caía con sordo fragor en algún tejado, hundiéndolo y sembrando el pánico entre los habitantes de la casa.

—¡Qué noche! —dijo el señor Perpignano, que iba al lado del capitán Tormenta—. Los turcos no podían haber elegido otra mejor para intentar el ataque del fuerte de San Marcos.

—Será trabajo perdido, al menos por ahora —repuso el capitán—. La hora terrible de la caída de Famagosta no ha sonado aún.

—Pero no tardará en sonar, si la república no se da prisa en socorrerla.


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