El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—Está un poco excitado por la fiebre, según me han dicho —añadió, con aire indiferente, Haradja—, pero con el aire del mar se restablecerá y llegará en buenas condiciones a Famagosta. Procura, señor, cuidarle bien, para que no digan que trato con demasiada crueldad a mis prisioneros.

—Te lo prometo —dijo con voz sorda.

Dos caballos espléndidamente enjaezados fueron conducidos por los esclavos hasta el sitio donde estaban las dos mujeres, las cuales se dispusieron a partir.

—¡Cuidad del cristiano! —gritó Haradja a los genízaros—. ¡Vuestra cabeza responde de él!

Ocho turcos rodearon al vizconde, y toda la comitiva partió al galope hacia la rada.

La escolta de la duquesa cerraba la marcha.

Ni Haradja ni Leonor hablaban. Ambas parecían preocupadas y pensativas. Solamente la última, de cuando en cuando, volvía la cabeza para mirar rápidamente al vizconde.

El francés, que no dejaba de mirarla, respondía con una sonrisa.

Hacia las siete de la mañana las dos escoltas llegaban a la playa.

—He allí mi nave —dijo la duquesa, señalando la goleta.


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