El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Vos, Muley! —exclamó la duquesa, poniéndose en pie.
—¡Llego en buen momento para salvaros y vengaros, señora! ¿Dónde está Laczinski, el asesino del señor Le Hussière?
—Le he dado muerte en este momento. Pero… él…, el asesino de… ¿Habéis dicho, Muley? —balbuceó la joven.
—SÃ, señora —añadió Nikola—, yo le vi lanzarse al mar desde la goleta.
La duquesa se irguió, volvió lentamente la vista hacia el cadáver del polaco, y, lanzando un grito, cayó desvanecida entre los brazos de Muley-el-Kadel.
Un cuarto de hora después los jinetes, en unión de los venecianos y de los griegos, salieron de aquella casa, en cuyo antiguo jardÃn habÃan enterrado rápidamente el cadáver del desventurado árabe.
Muley-el-Kadel llevaba en brazos a la duquesa, que aún no habÃa recobrado el sentido.
Los marineros de la galera habÃan huido en todas direcciones.
Ya entrada la noche, la comitiva llegaba a Luda, y la duquesa, presa de altÃsima fiebre, fue acomodada en una hermosa casa situada en el borde del mar y perteneciente a un renegado griego armador de galeras.