El Capitán tormenta
El Capitán tormenta Por espacio de dos semanas la intrépida mujer luchó contra la muerte, hasta que su vigorosa naturaleza triunfó. Durante aquel tiempo el León de Damasco no se separó ni un momento de su lado.
Nadie los había importunado, porque los treinta soldados, los cristianos y los griegos velaban noche y día en los caminos que conducían al mar.
Sin embargo, un día, cuando la duquesa estaba ya del todo restablecida, un jinete turco, que llevaba en la punta de la lanza un banderín de seda blanca, apareció pidiendo hablar con Muley-el-Kadel.
Sin hablar una palabra, sacó de detrás de su silla un cofrecillo, y poniéndolo en manos del León de Damasco, que había palidecido intensamente, dijo.
—De parte se Selim, nuestro gran sultán.
Y partió a galope.
—¿Qué os ocurre, Muley? —preguntó la duquesa, que había presenciado la escena.
—¡Mirad! —repuso el musulmán con voz turbada.
Abrió el cofrecillo, que era de plata cincelada, y le enseñó un elegante cordón de seda negra que estaba dentro.
Leonor lanzó un grito de horror. Era el lazo que el sultán regalaba a quienes caían en desgracia; una orden muda de ahorcarse.