El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Por las barbas de Mahoma! —exclamó el polaco, arrojando sobre le taburete dos cequÃes—. ¿Habéis hecho algún pacto con el diablo?
—¡Dios me libre! ¡Soy muy buen cristiano!
—Pues alguien debe de haberos enseñado a echar los dados. ¡ApostarÃa mi cabeza contra la barba de un turco a que ese alguien es el capitán Tormenta!
—Juego con frecuencia con tan valeroso caballero, pero no me ha dado ninguna lección.
—¡Caballero! ¡Pst…! ¿Quién sabe verdaderamente quién es? —dijo el capitán con cierto desprecio.
—De todos modos, es un joven amable y de extraordinario valor.
—¡Un joven…!
—¿Qué quiere usted decir con eso, capitán?
—¿Y si no fuera un joven?
—Seguramente, no cuenta aún veinte años.
—¡No comprendéis! Pero dejemos al capitán Tormenta y a los turcos, y prodigamos el juego. No quiero batirme mañana con la bolsa vacÃa.
La escena anterior se desarrollaba en una gran tienda de campaña que servÃa a la vez de cuartel y de cantina, a juzgar por la multitud de colchones apilados en un extremo y los barriles acumulados detrás de un rústico banco, en el cual estaba sentado el propietario de la barraca.
