El Capitán tormenta
El Capitán tormenta El capitán Laczinski era un hombre alto y grueso. Tanto por los rasgos fisonómicos como por su modo de hablar y por sus gestos, se adivinaba en él al capitán aventurero y al espadachÃn o «matón» profesional.
El señor Perpignano era el reverso de la medalla de su contrincante. Bastante más joven que el polaco, que ya debÃa de contar sus cuarenta años, era el verdadero tipo del veneciano, alto y delgado, aunque fuerte, con el pelo y los ojos negros y la piel del rostro algo pálida.
La partida se habÃa reanudado con ardor por ambas partes y con interés creciente en los soldados, mientras a lo lejos rugÃa de vez en cuando el cañón, haciendo oscilar la llama de la lámpara.
Ya el capitán habÃa perdido, no sin gran acompañamiento de blasfemias, bastante cequÃes, cuando un cortinón de la tienda se levantó, y un nuevo personaje, envuelto en amplia capa negra, y cuyo birrete adornaban tres plumas azules, entró diciendo con tono ligeramente irónico:
—¡Bien! ¡Aquà se juega mientras los turcos tratan de demoler el fuerte de San Marcos y lo miman sin reposo! ¡Que mis hombres cojan las armas y me sigan! ¡Allà está el peligro!
