El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Que los turcos pueden esperar hasta mañana! —repuso el aventurero, encogiéndose de hombros—. ¡Somos todavÃa fuertes para rechazarlos hasta Constantinopla, o hasta el centro del maldito desierto de la Arabia!
—No cambiéis el sentido de las cosas, señor Laczinski —dijo el joven—. Os referÃais a mÃ, y no a los infieles.
—Vos o los turcos, es igual para mà —interrumpió brutalmente el polaco, aún de mal humor por las mala fortuna que lo perseguÃa.
El señor Perpignano, ferviente admirador del capitán Tormenta, a cuyas órdenes combatÃa, echó mano a la espada para lanzarse sobre el polaco, pero fue detenido por el joven, que habÃa conservado su sangre frÃa, y le dijo:
—La vida de los defensores de Famagosta es demasiado preciosa para jugársela de tal modo. El capitán Laczinski busca pelea conmigo para desfogarse de las pérdidas sufridas esta noche, o porque duda de mi valor, según he oÃdo decir.
—¿Yo? —exclamó el polaco levantándose—. ¡Por las barbas de Mahoma! ¡Los que os han contado eso son unos miserables, a quienes mataré como a perros rabiosos, aunque…!
—¡Continuad! —interrumpió el capitán Tormenta, con imperturbable calma.