El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Pues dejad en libertad al conde de Lerma y a los demás prisioneros, y os prometo no molestaros!
—Asà lo harÃa si quisierais aceptar mis condiciones.
—¿Qué condiciones son esas?
—Ante todo, mandar que se retire la tropa.
—¿Y después?
—Proporcionarme para mà y para mis compañeros un salvoconducto firmado por el Gobernador con objeto de poder salir de la ciudad sin que nos incomoden los soldados que están dando batidas por el campo y por el bosque.
—Pero ¿quién sois, que necesitáis de un salvoconducto? —dijo el Teniente, cuyo asombro aumentaba, como asimismo sus sospechas.
—Un noble de Ultramar —contestó el Corsario con arrogante fiereza.
—¡Entonces, no necesitáis ningún salvoconducto para salir de la ciudad!
—¡Al contrario!
—En ese caso, tendréis algún delito sobre la conciencia. ¡Señor, dÃgame cómo se llama!
En aquel momento se acercó al Teniente un hombre que llevaba vendada la cabeza con un pedazo de lienzo, manchado de sangre en varios sitios; avanzaba con trabajo, como si tuviese mala una pierna.