El Corsario Negro

El Corsario Negro

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CAPÍTULO IX

UN JURAMENTO TERRIBLE

Aquellos hombres, guiados por el africano, que conocía a palmos todos los pasos del bosque, caminaban rápidamente con objeto de llegar lo más pronto posible a la orilla del golfo y tomar el lago antes de que despuntase el día.

Todos iban inquietos por la suerte del barco, que debía de hallarse atracado en la boca del lago; pues, como les dijo el prisionero, el Gobernador de Maracaibo envió varios mensajeros a Gibraltar pidiendo socorro al almirante Toledo.

Temían que los buques de este último, que componían una verdadera escuadra, armada de un modo formidable y tripulada por varios centenares de marineros valientes, vascos en su mayor parte, hubieran atravesado el lago para caer sobre El Rayo y deshacerlo.

El Corsario no hablaba, pero no podía ocultar su inquietud. De cuando en cuando hacía una seña a sus compañeros para que se detuviesen y se ponía a escuchar, temiendo oír de un momento a otro alguna detonación en la lejanía; en seguida apresuraba todavía más el paso, poniéndose casi a la carrera.


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