El Corsario Negro
El Corsario Negro Otras veces, en cambio, hacía movimientos de impaciencia, sobre todo cuando se encontraban de improviso ante algún árbol gigantesco, caído por decrepitud o derribado por el rayo, o ante un estanque o charca, obstáculos que los obligaban a dar rodeos más o menos largos, perdiendo un tiempo que era a cada instante más precioso.
Por fortuna, el africano conocía el bosque y los llevaba por sendas que los hacían ganar camino.
A las dos de la mañana Carmaux, que iba delante del grupo, oyó un rumor lejano que indicaba la cercanía del mar. Su finísimo oído haba distinguido el rumor que producían las olas al chocar contra la costa.
—Si no hay contratiempo alguno, dentro de una hora estaremos a bordo de nuestro barco, señor —dijo, dirigiéndose al Corsario Negro, que se le había reunido.
Este hizo una seña afirmativa con la cabeza, pero no contestó.
No se había engañado Carmaux: el ruido de las olas, al quebrarse, se oía cada vez más distintamente, lo mismo que los gritos de las bernacles, especie de ocas salvajes muy madrugadoras, que tienen la cabeza blanca y el cuerpo listado de negro, y que viven en las orillas del golfo.