El Corsario Negro
El Corsario Negro El Corsario hizo seña para que apresurasen todavÃa más el paso, y poco después llegaron a una playa baja y llena de plantas, que se prolongaba hasta perderse de vista en dirección de Norte a Sur, describiendo caprichosas curvas.
La oscuridad era muy grande, pues habÃa una niebla densa que se elevaba de las marismas que costeaban el lago; pero veÃase el mar surcado aquà y allá como por lÃneas de fuego que se entrecruzaban en todas direcciones.
Las crestas de las olas parecÃan despedir chispas, y la espuma que se extendÃa por la playa formando como una franja, proyectaba magnÃficas fosforescencias.
En algunos momentos, trozos grandes de mar, poco antes negros, como si fuesen de tinta, se iluminaban instantáneamente como si en su seno se hubiera encendido una poderosÃsima lámpara eléctrica.
—¡La fosforescencia! —exclamó Wan Stiller.
—¡Que el diablo se la lleve! —dijo Carmaux—. ¡Cualquiera dirÃa que los peces se han aliado con los españoles para impedirnos tomar el lago!
—¡No —contestó Wan Stiller con tono misterioso, indicando el cadáver que llevaba el negro—; las olas se iluminan para recibir al Corsario Rojo!
—¡Es verdad! —murmuró Carmaux.