El Corsario Negro
El Corsario Negro Había vuelto a caer en su tétrica melancolía. Con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas, no apartaba un momento los ojos del cadáver, cuyas formas se dibujaban debajo de la fúnebre capa.
Parecía haberse olvidado de todo: tan sumergido iba en sus tristes pensamientos. Desaparecieron para él sus compañeros, su barco, que cada vez se destacaba más en el chispeante Océano, como si fuera un cetáceo flotando en un mar de oro fundido, y la escuadra del almirante Toledo.
La canoa se deslizaba con rapidez sobre las ondas, alejándose de la playa. El agua llameaba en derredor, y los remos levantaban montones de espuma irisada que semejaban verdaderos chorros de chispas.
Bajo las aguas, moluscos extraños ondulaban en número infinito, jugando entre aquella orgía de luz. Aparecían las grandes medusas; los pelagios, semejantes a globos luminosos, danzaban al impulso de la brisa nocturna; los graciosos milíteos irradiaban fulgores de lava ardiente con sus extraños apéndices en forma de cruz de Malta; otros moluscos parecían como incrustados de diamantes; otros despedían de las conchas, que medio los aprisionaban, relámpagos de luz azul de un tono dulcísimo, y verdaderos ejércitos de beroes de cuerpo redondo y erizado de puntas irradiaban reflejos verdosos.