El Corsario Negro
El Corsario Negro Se apresuraban, porque sentÃan que los invadÃa una vaga superstición. Aquel mar llameante, el cadáver que llevaban en la chalupa, la presencia del Corsario Negro, aquel tétrico, más que melancólico, personaje a quien habÃan visto siempre vestido con tan fúnebre ropaje, les infundÃa un miedo desconocido, y no veÃan el momento de encontrarse a bordo de El Rayo entre sus camaradas.
Ya no distaban más de una milla del barco, el cual salÃa a su encuentro corriendo bordadas pequeñas, cuando llegó a sus oÃdos un grito extraño que semejaba un quejido y que parecÃa terminar en un sollozo.
Ambos remeros se detuvieron en el acto, dirigiendo en derredor miradas llenas de espanto.
—¿Has oÃdo? —preguntó Wan Stiller, que sentÃa que la frente se le bañaba en sudor frÃo.
—¡SÃ! —contestó Carmaux con voz poco firme.
—¿Habrá sido algún pez?
—¡Jamás he oÃdo a pez alguno dar grito semejante!
—¿Qué crees que haya sido?
—Yo no sé; pero me ha producido cierta impresión.
—¿Será el hermano del muerto?
—¡Silencio, camarada!