El Corsario Negro
El Corsario Negro A lo largo de las amuras veíanse escalonados, inmóviles como estatuas y armados con fusiles, los filibusteros que componían su tripulación; en la popa, detrás de los cañones, se atisbaban los artilleros con las mechas encendidas en la mano, y en el palo más alto ondeaba la gran bandera negra del Corsario, con dos letras de oro elegantemente cruzadas y bordadas de un modo admirable.
La chalupa abordó al costado de babor, en tanto que el buque se disponía de través al viento, amarrándole una cuerda que arrojaron desde a bordo los marineros.
—¡Abajo los parancos! —gritó una voz ronca.
Dos cables, a cuyo extremo colgaban unos arpones, descendieron del penol del árbol maestro. Carmaux y Wan Stiller los aseguraron, y a un silbido del contramaestre de la tripulación, izaron la chalupa a bordo llevando dentro a las personas que la montaban.
Cuando sintió el Corsario Negro que chocaba la quilla en la cubierta del buque, hizo un movimiento como si despertara de sus tétricos pensamientos.
Miró en derredor casi con asombro al verse a bordo de su nave, se inclinó sobre el cadáver, lo cogió entre sus brazos y fue a depositarlo al pie del palo mayor.
Al ver al muerto, toda la tripulación, escalonada como estaba, se descubrió.