El Corsario Negro
El Corsario Negro Morgan, el segundo Comandante descendió del puente de órdenes y se dirigió al encuentro del Corsario Negro.
—¡A sus órdenes, señor! —le dijo.
—¡Haced lo que es preciso! —le contestó el Corsario, moviendo con tristeza la cabeza.
Atravesó lentamente la toldilla, subió al puente de órdenes y allí se detuvo, quedando inmóvil como una estatua y con los brazos cruzados sobre el pecho.
Comenzaba a alborear. Allá donde el cielo parecía confundirse con el mar, surgía una luz pálida que teñía las aguas con reflejos del color del acero. Aquella luz tenía algo de tétrico, pues no era rosada, como es costumbre; al contrario, su color gris se asemejaba al gris del hierro.
La gran bandera del Corsario había sido puesta a media asta en señal de luto y los penoles de los papahigos y contrapapahigos, que no llevaban velas tendidas, los colocaron en cruz.
Toda la tripulación había salido a cubierta, colocándose a lo largo de las amuras. Aquellos hombres de rostro bronceado por los vientos del mar y el humo de cien abordajes estaban tristes y miraban con vago terror el cadáver del Corsario Rojo, que el contramaestre de a bordo había encerrado en un saco de tela gruesa juntamente con dos balas de cañón.