El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Parece un espectro! —murmuró en voz baja Wan Stiller.

—¡Y Morgan no le va a la zaga! —dijo Carmaux—. ¡Si uno es tétrico como la noche, el otro no es mucho más alegre! ¡Ambos son el uno para el otro!

Entre las tinieblas resonó una voz. Descendía de lo alto de la cruceta del palo mayor, donde apenas se distinguía confusamente una sombra humana.

Aquella sombra había gritado dos veces:

—¡Barco al largo a sotavento!

El Corsario Negro interrumpió de pronto sus paseos. Estuvo un instante mirando hacia sotavento; pero como se hallaba en un punto demasiado bajo, era muy difícil que pudiese distinguir un barco, que debía navegar a seis o siete millas de distancia.

Se volvió hacia Morgan, que se había inclinado sobre la borda, y le dijo:

—¡Mandad apagar las luces!

Apenas recibieron la orden los marineros de proa, se apresuraron a tapar los dos grandes faroles, encendidos uno a babor y otro a estribor.

—Gaviero —volvió a decir el Corsario tan pronto como se hizo a bordo la oscuridad—, ¿por dónde navega ese barco?

—Hacia el Sur, Comandante.

—¿Hacía la costa de Venezuela?

—Eso creo.


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