El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Las granadas de mano que arrojaban impunemente los gavieros del buque corsario hacían estragos en sus filas; pero no retrocedían. En derredor suyo se encontraban muertos y heridos; pero el gran estandarte de España ondeaba atrevidamente en lo alto del palo mayor, con su cruz flameante a los primeros rayos del sol. Sin embargo, aquella resistencia no podía durar mucho. Furiosos ante la obstinación de los enemigos, los filibusteros se arrojaron por última vez al asalto del castillo y de la toldilla, guiados por los dos comandantes, que combatían en primera fila.

Treparon por las escalillas para dejarse caer por el cordaje del palo de mesana o a través de la maniobra de popa; se agarraron a las bancazas, corrieron por las amuras y llovieron por todas partes sobre los últimos defensores del desgraciado barco.

El Corsario Negro rompió aquella muralla de cuerpos humanos y se metió en medio del último grupo de combatientes. Había tirado el sable de abordaje y empuñado una espada.

La hoja silbaba como una serpiente, batiendo y rechazando los hierros que intentaban alcanzarle en el pecho, e hiriendo a diestro y siniestro. Nadie podía resistir aquel brazo ni parar sus estocadas. En derredor suyo se abrió un hueco, y se encontró en medio de un montón de cadáveres, con los pies en la sangre que corría a torrentes por el plano inclinado de la cubierta.


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