El Corsario Negro
El Corsario Negro Miró en seguida a los supervivientes, sin reparar en el estupor del contramaestre, muy natural, por otra parte, porque en aquellas luchas era muy raro que los filibusteros concediesen cuartel a los vencidos, y casi nunca la libertad sin previo rescate.
De todos los defensores del barco de lÃnea, no quedaban más que dieciocho marineros, casi todos heridos. Arrojaron las armas y esperaron con sombrÃa resignación que se decidiera sobre su suerte.
—Morgan —dijo el Corsario—, mandad echar al agua la chalupa grande, con vÃveres suficientes para una semana.
—¿Vais a dar la libertad a todos esos hombres? —preguntó el segundo comandante con cierto sentimiento de despecho.
—¡SÃ, señor! ¡Me gusta premiar el valor sin fortuna!
Al oÃr estas palabras, el contramaestre avanzó unos pasos, diciendo:
—¡Gracias, Comandante! ¡Siempre recordaremos la generosidad del Corsario Negro!
—¡Callad y responded!
—¡Preguntad, Comandante!
—¿De dónde venÃs?
—De Veracruz.
—¿Y a dónde os dirigÃais?
—A Maracaibo.