El Corsario Negro
El Corsario Negro El huracán se acercaba a escape. A la calma sucedieron furiosos golpes de viento que venían de la parte de las pequeñas Antillas, y las olas crecían hasta hacerse formidables, ofreciendo un aspecto pavoroso.
Parecía como si se removiera el fondo del mar, pues se veían formarse en la superficie como remolinos espumeantes, al paso que saltaban chaparrones de agua, y se levantaban de la superficie gigantescas columnas líquidas, que al caer producían horrible estrépito.
La nube negra, entretanto, invadía el cielo, interceptando por completo la luz crepuscular, y las tinieblas caían sobre el mar enfurecido, tiñendo las aguas de color negruzco.
El Corsario, tranquilo y sereno, no parecía preocuparse del huracán. Sus miradas seguían al barco de guerra, al cual se le veía capear entre las olas, y a punto de desaparecer en el horizonte, bogando con dirección a Jamaica.
Quizá le inquietaba algo aquel barco, pues ya sabía que se encontraba en pésimas condiciones para hacer frente a los golpes del huracán.
Así que el barco desapareció de la vista, bajó a la toldilla de popa y alejó al piloto, diciendo:
—¡Dame la barra; quiero yo guiar mi Rayo!