El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Está bien! ¡Confío a usted el mando de El Rayo!

Se puso rápidamente la coraza que le había llevado un marinero, y bajó a la chalupa grande, que le esperaba debajo de la escala de babor y que tripulaban treinta hombres. La chalupa iba armada de un pedrero.

Principiaba entonces a alborear, y era preciso, por lo tanto, apresurar el desembarco, con objeto de no dar tiempo a los españoles para reunir fuerzas numerosas.

Las chalupas, todas cargadas de hombres, surcaban a escape el agua poniendo la proa hacia una playa boscosa que se elevaba en rápida pendiente y que terminaba en una colinita, sobre cuya cumbre se alzaba el fuerte, sólido, armado con dieciséis cañones de grueso calibre y, probablemente, bien abastecido de defensores.

Los españoles, a quienes había dado la voz de alarma el primer cañonazo mandado disparar por el Olonés, se apresuraron a enviar algunos pelotones de soldados a la pendiente de la colina para oponerse al paso de los filibusteros, al propio tiempo que rompían un violento fuego de cañón.

Las bombas caían como granizo batiendo el espacio de agua que ocupaban las chalupas y haciendo saltar grandes chorros espumosos.

Por medio de rápidas maniobras hacían los filibusteros viradas de bordo vertiginosas, y no daban tiempo a los enemigos para que pudiesen hacer puntería.


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