El Corsario Negro
El Corsario Negro Las tres chalupas en que iban el Olonés, el Corsario Negro y Miguel el Vasco habÃan pasado a primera lÃnea, y como las manejaban los remeros más robustos, bogaban como flechas para llegar a tierra antes de que los pelotones de españoles pudieran tomar posiciones en la colina.
Atrás quedaron los buques corsarios para huir del fuego de los dieciséis cañones del fuerte, pero El Rayo, mandado por Morgan, avanzó hasta la distancia de mil pasos de la playa con objeto de proteger el desembarco, lo cual hacÃa disparando con los dos cañones de proa.
No obstante aquel furioso cañoneo, en quince minutos arribaron las primeras chalupas. Los filibusteros, y los bucaneros que las montaban, sin esperar a sus compañeros, desembarcaron precipitadamente y se lanzaron a través de la espesura con sus jefes a la cabeza con objeto de rechazar a los españoles que estaban emboscados en la pendiente de la colina.
—¡Al asalto, mis valientes! —aulló el Olonés.
—¡Arriba, marineros! —gritó el Corsario Negro, que avanzaba con la espada en la diestra y una pistola en la otra mano.
Los españoles emboscados comenzaron a lanzar una lluvia de balas sobre los asaltantes; pero con poco resultado, a causa de los árboles y de lo espeso de la maleza que cubrÃa la pendiente de la colina.