El Corsario Negro
El Corsario Negro También los cañones del fuerte tronaban con ruido ensordecedor, lanzando en todas direcciones sus grandes proyectiles. Los árboles se desgajaban y venían al suelo con estrépito, las ramas caían a diestro y siniestro, y la metralla lanzaba una tempestad de hojas y frutas sobre los acometedores; pero nadie podía contener el empuje formidable de los filibusteros y bucaneros de las Tortugas.
Avanzaban a la carrera, como devastadora tromba, caían encima de los soldados españoles acometiéndoles con los sables de abordaje, y los hacían trizas, a pesar de su obstinada resistencia.
Pocos fueron los hombres que escaparon de la matanza, porque casi todos preferían caer con las armas en la mano antes que ceder el campo.
—¡Asaltemos el fuerte! —gritó el Olonés.
Animados con el primer éxito, los corsarios se lanzaron por la cuesta arriba procurando marchar ocultos entre la espesura.
Eran más de quinientos, pues ya se les habían agregado los restantes; pero la empresa no se presentaba fácil, pues no iban provistos de escalas. Además, la guarnición española, compuesta de doscientos cincuenta soldados valientes, se defendía con tesón y no daba señales de ceder.