El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Eh, tú, Wan Stiller, ven! —le dijo—. ¡Y tú, Moko, ve a buscar treinta libras de pólvora y una buena mecha!
—¡Espero que he de volver a verte vivo todavÃa! —dijo el Corsario con voz conmovida.
—¡Gracias por su deseo, comandante! —contestó Carmaux alejándose precipitadamente.
Mientras tanto, los filibusteros y los bucaneros proseguÃan avanzando a través de los árboles, y procurando alejar de las almenas a los españoles y artilleros con certeros disparos.
Sin embargo, la guarnición resistÃa con obstinación admirable haciendo un fuego infernal.
El fuerte parecÃa el cráter de un volcán. Nubes gigantescas de humo se elevaban de todos los bastiones, y el fuego de la artillerÃa perforaba relampagueante aquellos densos vapores.
Balas y metrallas descendÃan rozando la tierra, arrancando y destruyendo los árboles, rasgando la maleza, en medio de la cual se habÃan escondido los filibusteros en espera del momento oportuno para lanzarse al asalto.