El Corsario Negro
El Corsario Negro De pronto, se oyó en los altos de la colina una explosión formidable, que repercutió largamente bajo los bosques y sobre el mar; gigantesca llama se elevó en un flanco del fuerte, y en seguida una lluvia de cascotes cayó con ímpetu sobre los árboles, hiriendo y matando a no pocos de los asaltantes.
En medio de los gritos de los españoles, del estruendo de la artillería y del tronar de los fusiles, se oyó la voz metálica del Corsario Negro:
—¡Arriba: al asalto, hombres de mar!
Al verle lanzarse a terreno descampado, los filibusteros y los bucaneros se precipitaron en su seguimiento y del Olonés. Rebasaron sin detenerse la última altura, atravesaron la explanada a la carrera, y se lanzaron contra el fuerte.
La mina que hicieron saltar Carmaux y sus dos amigos, abrió una ancha brecha en uno de los principales bastiones.
El Corsario Negro se lanzó adentro por encima de los escombros y cañones derribados por la explosión, y su espada formidable volaba en todas direcciones rechazando a los primeros adversarios que habían acudido para defender el paso.