El Corsario Negro
El Corsario Negro Los corsarios se arrojaron detrás de él con los sables de abordaje, dando grandes voces para producir mayor terror. A su impulso irresistible cayeron al suelo los primeros españoles, y como un torrente desbordado penetraron en el fuerte.
Los doscientos cincuenta hombres que lo defendían no pudieron hacer frente a tanta furia: procuraron atrincherarse, pero volvieron a arrojarlos de allí. Intentaron agruparse en la plaza de armas para impedir que se arriase el estandarte de España, y allí también los deshicieron; los siguieron a lo largo de los bastiones interiores, y, por último, murieron todos sin rendirse.
Así que el Corsario Negro vio arriada la bandera se apresuró a revolverse contra la ciudad ya indefensa. Reunió cien hombres, bajó a la carrera la colina, y penetró en las desiertas calles de Maracaibo.
Todos habían huido, hombres, mujeres y niños, resguardándose en los bosques para salvar los objetos más preciosos. Pero ¿qué le importaba eso al Corsario Negro? No era para saquear la ciudad para lo que había organizado la expedición, sino para echar mano al traidor.
Arrastraba tras sí a sus hombres llevándolos a escape, aguijoneado por el ansia de llegar pronto al palacio de Wan Guld.
La plaza de Granada también estaba desierta, y abierto de par en par y sin guardia alguna veíase el gran portón de la vivienda del Gobernador.