El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Se me habrá escapado? —se preguntó el Corsario apretando los dientes—. ¡Pues aun cuando tenga que perseguirle hasta el fin del continente, no le dejo!
Al ver abierto el portón, los filibusteros se detuvieron, temiendo una emboscada. El Corsario continuó avanzando con prudencia, pues también recelaba cualquier sorpresa.
Iba a transponer el umbral para entrar en el zaguán, cuando sintió que una mano le detenÃa sujetándolo por un hombro, y que una voz le decÃa al mismo tiempo:
—¡Usted, no; mi comandante! ¡Si me lo permite, entraré yo primero!
El Corsario se volvió con el ceño fruncido y vio a Carmaux, negro por la pólvora, con las ropas desgarradas y el rostro ensangrentado.
—¡Tú! —exclamó—. ¡Creà que la mina no habÃa respetado tu vida!
—¡Tengo el pellejo muy duro mi capitán, y lo mismo deben de tenerlo el hamburgués y el africano, pues vienen conmigo!
—¡Entonces, adelante!
Carmaux y sus compañeros, que ya se le habÃan reunido, negros también por la pólvora y no menos destrozados de las ropas, se lanzaron dentro del zaguán con los sables de abordaje y las pistolas empuñadas, seguidos por el Corsario Negro y el resto de los filibusteros.