El Corsario Negro

El Corsario Negro

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No había nadie. Soldados, escuderos, criados, esclavos; todos habían huido con los habitantes buscando también un refugio en los espesos bosques de la costa.

Únicamente había un caballo con una pata rota.

—¡Han desalojado! —dijo Carmaux—. ¡Hace falta poner un cartel en la puerta que diga lo siguiente: «Se alquila este palacio»!

—¡Subamos! —dijo el Corsario con voz silbante.

Los filibusteros se lanzaron por las escaleras y subieron a los pisos superiores. También en ellos estaban de par en par las puertas de todas las habitaciones, y desiertas las estancias, revueltos los muebles, y los cofres, abiertos y vacíos. Todo denotaba una fuga precipitada.

De pronto se oyeron gritos en una habitación. El Corsario, que recorría a escape todas las salas, se dirigió hacia la parte de donde salían los gritos, y vio a Carmaux y a Wan Stiller que conducían a la fuerza a un soldado español alto y delgado.

—¿Le conoce usted, comandante? —gritó Carmaux empujando con violencia al desgraciado prisionero.

Al verse ante el Corsario, el soldado español se quitó el casco de acero adornado con una pluma casi sin barbas, e inclinando su largo y magro torso dijo tranquilamente:

—¡Le esperaba a usted, señor, y me felicito de volver a verle!


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