El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Entonces algo he encontrado ya! —dijo el catalán.

—¿El qué? —preguntó el Corsario.

—¡Síganme ustedes, caballeros!

El soldado retrocedió mirando al suelo, y así que hubo encontrado otra vez las pisadas de los caballos se puso a seguirlas, internándose entre grupos de cari, especie de palmera de tronco espinoso que produce una fruta parecida a nuestras castañas, dispuesta en racimos. Marchando con precaución para no dejarse la ropa en aquellas espinas agudas y largas, llegó en seguida a donde Carmaux había oído murmurar el agua. Miró a tierra, tratando de descubrir entre las hojas y las hierbas las huellas de los cuadrúpedos, y después, alargando el paso, se detuvo ante la orilla de un riachuelo como de dos o tres metros de anchura, cuyas aguas tenían color negruzco.

—¡Ah, ya! —exclamó alegremente—. ¡Ya había dicho yo que el viejo es un zorro!

—¿Y qué quieres decir con eso? —preguntó el Corsario, que comenzaba a inquietarse.

—Que para internarse en la floresta y hacer perder su rastro ha descendido por este riachuelo.

—¿Es muy hondo?

El catalán metió su espada en el agua, y tocó el fondo.


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