El Corsario Negro
El Corsario Negro Aquel terreno virgen, fertilizado de continuo por las hojas y las frutas que se acumulaban secularmente sobre él, y cubierto siempre de montones de vegetales como quizá no se ven parecidos en ninguna otra parte del mundo, no ofrecÃa camino alguno, puesto que árboles y hierbas adquieren en tales sitios proporciones desmesuradas.
El Corsario Negro y el español se detuvieron ante la enorme espesura y escucharon atentamente, mientras que los dos filibusteros y el negro miraban al tupido follaje de los cercanos árboles y la espesura, temerosos de alguna sorpresa.
—¿Por dónde habrán pasado? —preguntó el Corsario al español—. No veo abertura alguna por entre esa masa de árboles y de lianas.
—¡Hum! —murmuró el catalán—. ¡El Diablo no se los habrá llevado consigo; por lo menos, eso espero! ¡Lo sentirÃa por los veinticinco palos, que aún me escuecen en las costillas!
—Y sus caballos, supongo que no tendrÃan alas —dijo el Corsario.
—El Gobernador, que es muy astuto, habrá procurado hacer de modo que no se puedan seguir sus pasos. ¿Se oye algún rumor además de ese del bosque?
—Sà —dijo Carmaux—; me parece oÃr allá abajo algo como agua corriente.