El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Un silencio casi completo reinaba bajo la obscura bóveda de los árboles, los cuales inclinaban las ramas sobre el riachuelo. Tan sólo de tiempo en tiempo y a regulares intervalos se oía resonar repentinamente como el sonido de una campana, cosa que obligaba a levantar vivamente la cabeza a Carmaux y Wan Stiller.

Aquel sonido de argentina vibración, y que se extendía con una nitidez grande despertando los ecos todos de la floresta, no lo producía una campana; lo producía un pájaro escondido en lo más espeso de las ramas de los árboles. Llámanle los españoles el campanero, y es un ave tan grande como un palomo, y enteramente blanca. Su extraño canto, o mejor dicho, grito, se oye a más de tres millas de distancia.

La caravana, siempre silenciosa, proseguía marchando con rapidez, y llena de curiosidad por saber hasta dónde habían podido utilizar las monturas el Gobernador y su escolta. Andando bajo masas de verdura entrelazadas tan estrechamente que interceptaban casi por completo la luz del Sol, iban avanzando, cuando de improviso y hacia la orilla izquierda resonó una detonación bastante fuerte, seguida de una lluvia de proyectiles pequeños, que al caer en el río produjeron un ruido parecido al rebotar del granizo.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller agachándose instintivamente—. ¿Quién nos ametralla?


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