El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario también se había encorvado y montaba precipitadamente el arcabuz, mientras que sus filibusteros retrocedían con viveza. Únicamente el catalán no se movió, y miraba con toda tranquilidad las plantas que crecían en ambas orillas.

—¿Nos acometen? —preguntó el Corsario.

—¡No veo a nadie! —respondió riendo el catalán.

—¿Y esa detonación? ¿No las has oído?

—Sí, capitán.

—¿Y no te pone en cuidado?

—¡Por el contrario; ya ve usted que me río!

Un segundo estallido, más fuerte que el primero, se oyó otra vez en la altura, y otra lluvia de proyectiles cayó en el agua.

—¡Es una bomba! —exclamó retrocediendo Carmaux.

—¡Sí; pero una bomba vegetal! —contestó el catalán—. ¡Sé lo que es!

Se dirigió hacia la orilla derecha, y mostró a sus compañeros una planta que parecía pertenecer a la familia de las euforbiáceas, como de veinticinco a treinta metros de elevación, con las ramas cubiertas de espinas y las hojas de unos veinticinco centímetros de ancho. De sus extremos pendía una fruta algo redondeada y envuelta en una corteza que parecía leñosa[5].

—Estén ustedes atentos un instante —les dijo.


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