El Corsario Negro
El Corsario Negro En una noche tan sólo son capaces de matar cincuenta cabezas de ganado. Se limitan a beber la sangre caliente de sus vÃctimas, a las que hieren en las vértebras cervicales. Si no tienen hambre huyen del hombre, sabiendo por experiencia que no siempre salen victoriosas: tan sólo empujadas por la necesidad le acometen con valor desesperado. Aun heridas, se revuelven contra sus adversarios, sean estos los que sean en número.
A veces se reúnen por parejas, con objeto de dar caza con más facilidad a los animales de los bosques; pero más comúnmente van solas, pues las mismas hembras no tienen confianza en los machos, porque temen que estos devoren a sus propios hijuelos. Cierto que también ellas se comen a sus primeras crÃas; pero no es menos cierto que con el tiempo se convierten en madres amorosas y defienden encarnizadamente a su prole.
—¡Vientre de un tiburón! —exclamó Carmaux—. ¡Son pequeños estos animales; pero tienen más valor que algunos leones!
—¡Yo no sé cómo no me ha destrozado el cuello! —dijo el catalán—. Se dice que poseen una verdadera habilidad para cortar la vena yugular y beber la sangre de los desgraciados que matan.
—¡Hábiles o no, marchemos! —dijo el Corsario—. ¡Esas bestias nos han hecho perder un tiempo precioso!
—¡Tenemos las piernas ligeras, comandante!