El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—Ya lo sé, Carmaux; pero no olvidemos que Wan Guld nos lleva algunas horas de ventaja. ¡En marcha, amigos!

Dejaron el cadáver del puma, y volvieron a emprender el camino a través de la selva sin fin, reanudando la fatigosa maniobra de ir cortando las lianas y raíces que interceptaban el paso.

Se habían metido en un terreno empapado en agua, y en el cual los árboles más pequeños adquirían colosales dimensiones. Parecíales que marchaban sobre una esponja inmensa, porque a la sola presión del pie salían de cien mil invisibles fosos chorritos de agua.

Seguramente se ocultaba en medio de la selva alguna sabana, o más bien alguno de esos parajes traidores llamados tremedales, cuyo fondo está constituido por arenas movedizas que se tragan a quienquiera que se atreva a pisar en ellas.

El catalán, práctico en aquellas regiones, se había vuelto extremadamente prudente. Tanteaba con frecuencia el piso valiéndose de una rama larga que cortó; miraba siempre adelante para asegurarse de si continuaba la espesura, y de cuando en cuando daba palos a derecha e izquierda.

Temía a las arenas movedizas; pero también se guardaba de los reptiles, los cuales se encuentran en gran número en los terrenos húmedos de las selvas vírgenes.


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