El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Desaparecieron ya las espléndidas palmeras, y no se veían más que grupos de inbaubas, especie de sauces pequeños, los cuales mueren durante la estación lluviosa volviendo a revivir en la estación seca; iriartree pinciute, extraños árboles que tienen el tronco inflado en la parte inferior, y que se sostienen hasta una elevación de dos o tres metros en siete u ocho fortísimas raíces; a los veinticinco metros echan grandes hojas dentelladas, que caen en derredor formando como gigantesco quitasol.

Muy pronto desaparecieron estos últimos árboles, dejando el campo a grandes masas de calupos, cuya fruta cortándola en pedazos y dejándola fermentar un poco, da una bebida refrescante; mezclados con estos árboles veíanse bambúes gigantescos, de quince y veinte metros de alto, y tan gruesos, que un hombre no podría abarcarlos.

Iba el catalán a entrar por en medio de aquellos vegetales, cuando, volviéndose bacía los filibusteros, les dijo:

—Antes de que salgamos de la selva, creo que agradecerían ustedes una buena taza de leche.

—¡Hombre! —exclamó alegremente Carmaux.

—¿Has descubierto alguna vaca? ¡En ese caso también podíamos regalamos con un beefsteak!

—Nada de beefsteak por ahora, porque no vamos a ordeñar ninguna vaca.


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