El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Ni a los hombres respetan. Todos los años perecen entre las garras de semejantes carniceros centenares de pobres indios, y aun cuando no quedan más que heridos sucumben casi siempre a consecuencia de las heridas causadas por las uñas de esas fieras, que abren anchos surcos, pues son romas.

El jaguar que estaba en acecho en la orilla de la laguna no parecía haberse hecho cargo de la vecindad de los filibusteros, porque no hizo el menor movimiento de inquietud.

Miraba fijamente a las negruzcas aguas, como si espiase a alguna presa escondida bajo las anchas hojas de la victoria regia.

Agachado en medio de los árboles, se hallaba en actitud de dar el salto.

Sus erizados bigotes se movían ligeramente indicando impaciencia o cólera, y con la larga cola rozaba blandamente las hojas, sin producir el más pequeño rumor.

—¿Qué es lo que espera? —preguntó el Corsario, que parecía haberse olvidado de Wan Guld y de su escolta.

—Espía a alguna presa —respondió el catalán.

—¿Alguna tortuga, quizás?

—No —dijo el africano—; espera a un adversario digno de él. Mire usted hacia allí debajo de las hojas de la victoria: ¿no ve usted un hocico?


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