El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¿Y el gobernador se habrá apresurado a fortificarse?

—Ha hecho más: ha mandado algunos avisos a Gibraltar para prevenir al Almirante.

Esta vez fue el Corsario el que se sobresaltó, si no de espanto, por lo menos lleno de inquietud.

—¡Ah! —exclamó, mientras su tez pálida se ponía lívida—. ¿Correrá quizá algún peligro grave mi barco?

Pero en seguida añadió, encogiéndose de hombros:

—¡Bah! ¡Cuando lleguen a Maracaibo los barcos del Almirante, ya estaré yo a bordo de El Rayo!

Se levantó bruscamente, dio un silbido para llamar a los dos filibusteros, y les dijo brevemente:

—¡En marcha!

—¿Y qué es lo que hacemos con este hombre? —preguntó Carmaux.

—Traerle con nosotros. ¡Me respondéis de él con vuestra vida si se escapa!

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller—. ¡Le llevaré por el cinturón, para que no le dé la idea de poner pies en polvorosa!

Se pusieron en camino, marchando en hilera; Carmaux, delante, y Wan Stiller, el último, detrás del prisionero, para no perderle de vista un solo instante.


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