El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Comenzaba a alborear. Las tinieblas desaparecían rápidamente ante la luz rosada que invadía el cielo y que penetraba bajo los árboles del bosque.

Los monos, tan abundantes en la América meridional, especialmente en Venezuela, despertaban, llenando la floresta con sus extraños gritos.

En las copas de las preciosas palmeras llamadas assai, o entre las verdes frondas de los enormes erio-dendron, o en medio de los sipos, ramas muy gruesas que rodean los árboles, o agarradas a las raíces aéreas de las aroideas, o en mitad de las espléndidas bromelias, cuyas lindas ramas están siempre cargadas de flores de color de escarlata, se agitaban como energúmenos toda clase de cuadrumanos.

Allí estaba una pequeña familia de micos, los más graciosos monos, al propio tiempo, que los más esbeltos e inteligentes, aun cuando son tan pequeños que pueden esconderse en un bolsillo; más lejos veíase un pelotón de sahuis rojos, adornados con una melena lindísima, que los asemeja a leoncillos; después saltaban bandadas de monos, los simios más delgados de todos, y cuyos brazos y piernas son tan largos, que parecen arañas descomunales; por último, tropas de los llamados pregos, cuadrumanos que tienen la manía de devastarlo todo y que son el terror de los plantadores, daban enormes brincos de unas ramas en otras.


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