El Corsario Negro

El Corsario Negro

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No faltaban pájaros; habíalos en abundancia, y sus gritos se mezclaban con los de los simios.

Entre las grandes hojas de los pomponasses, que producen las delicadísimas fibras con que se fabrican los lindísimos y ligeros sombreros de Panamá, o entre los bosquecillos de laransias, cuyas flores exhalan un aroma muy fuerte, o sobre las cuaresmas, palmas preciosas que dan flores purpúreas, chillaban a voz en cuello los diminutos mahitacos, especie de papagayos con la cabeza azul turquí; los grandes arás, papagayos también, completamente rojos, y que con una constancia maravillosa están gritando sin cesar desde la mañana a la noche «¡ará!, ¡ará!», o los choradeiras, así llamados porque parece que lloran y que siempre tienen de qué lamentarse.

Los filibusteros y el español, acostumbrados a recorrer las grandes florestas del Continente americano y de las islas del Golfo de México, no se detenían para admirar los árboles, ni los monos, ni los pájaros. Caminaban lo más rápidamente que podían, buscando pasos fáciles abiertos por las fieras o por los indios, pues deseaban salir de aquel laberinto de vegetales y llegar a Maracaibo.



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