El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario había caído en una tétrica meditación, como lo tenía por costumbre aún a bordo de su barco y en los momentos de alegría de los festines a que se entregaban los filibusteros en las islas de las Tortugas. Envuelto en su amplio ferreruelo negro, con el sombrero echado sobre los ojos, la siniestra mano apoyada en la guarda de la espada y la cabeza inclinada sobre el pecho, caminaba detrás de Carmaux, sin mirar a sus compañeros ni al prisionero; lo mismo, en fin, que si recorriera solo el bosque.

Los dos filibusteros, que conocían sus costumbres, se guardaban muy bien de interrogarle, sacándole de sus meditaciones. Cuando más, cambiaban entre sí, en voz baja, unas cuantas palabras para aconsejarse acerca de la dirección que debían seguir; en seguida alargaban el paso, metiéndose camino adelante por entre aquellas redes gigantescas de desmesurados sipos, troncos de palmeras, de jacarandós o de massarándubas, poniendo en fuga bandadas de esos pajarillos llamados troquílidos o pájaros moscas, cuyas plumas son de matices muy brillantes, y que tienen el pico rojo, color de fuego.

Llevaban caminando ya dos horas, siempre con rapidez, cuando Carmaux, después de un momento de vacilación y de haber mirado más veces a los árboles que al suelo, se detuvo, señalando a Wan Stiller una espesura de cujueiros, planta que tiene las hojas corráceas y que producen sonidos muy agradables cuando sopla el viento.


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