El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Al Gobernador y a su escolta?
—Eso creo.
—¡SentirÃa que ellos le matasen!
—¡También yo, porque asà no podrÃa devolver los palos a un muerto! Pero…
—¡Calla!
Otros dos disparos más lejanos, seguidos de furibundos gritos, dados, de seguro, por una tribu numerosa de indios, resonaban de nuevo; luego volvió a oÃrse otro disparo aislado; después nada.
—¡Ha concluido la lucha! —dijo el catalán, que habÃa estado escuchando con cierto temor.
—Por el Gobernador, no me moverÃa; pero por los otros, que son compatriotas mÃos…
—QuerrÃas saber qué es lo que ha sucedido, ¿verdad? —preguntó el Corsario.
—¡SÃ, Comandante!
—¡Y a mà me interesa saber si a estas horas está vivo o muerto mi eterno enemigo! —contestó el Corsario con voz sombrÃa—. ¿SerÃas capaz de guiarnos?
—Señor, la noche está muy obscura, pero…
—¡Prosigue!
—PodrÃamos encender algunas ramas gomÃferas.
—¿Y atraer sobre nosotros la atención de los indios?
—¡Es verdad, señor!