El Corsario Negro
El Corsario Negro —Con nuestras brújulas, sin embargo, podrÃamos orientarnos.
—Señor, es imposible afrontar los cien mil obstáculos que presenta esta selva tan espesa; pero también…
—¡Di, hombre, habla!
—Allà abajo hay cucuyos que pueden servirnos. Concédame cinco minutos nada más. ¡Moko, ven conmigo!
Se quitó el casco, y acompañado por el negro se dirigió hacia un grupo de árboles entre los cuales veÃanse brillar grandes puntos luminosos de luz verdosa que revoloteaban fantásticamente en la obscuridad.
—¿Qué querrá hacer ese endemoniado catalán? —se preguntó Carmaux, que no acertaba a comprender la idea del español—. ¡Cucuyos! ¿Qué serán? ¡Eh, tú, hamburgués; prepara el fusil, no vayan a caer en una emboscada!
—¡Camarada, no tengas cuidado! Miro con gran atención a los dos, y estoy preparado para defenderlos.
Asà que llegaron junto a los árboles el catalán comenzó a dar saltos a derecha e izquierda, como si quisiera cazar aquellos puntos luminosos.
Minutos después regresó al campamento, llevando el casco tapado con una mano.
—¡Ahora ya podemos echar a andar, señor! —dijo dirigiéndose al Corsario.
—¿Y cómo? —preguntó este.