El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El catalán metió la mano en el casco y sacó un insecto que despedía una lindísima luz verde pálida, la cual se extendía hasta cierta distancia.

—Nos ataremos dos de estos cucuyos a las piernas, como hacen los indios y, con la luz que despiden podremos ver, no tan sólo las lianas y las raíces que embaracen el camino, sino también las peligrosas serpientes que se oculten entre las hojas. ¿Quién tiene un poco de hilo?

—¡Los marineros siempre lo llevan consigo! —dijo Carmaux—. ¡Yo me encargaré de atar esos cucuyos!

—¡Cuida de no apretarlos demasiado!

—¡No temas! Además, hay abundancia de ellos, porque veo muchos en tu capacete.

Ayudado por Wan Stiller, el filibustero cogió delicadamente los cucuyos y fue atándolos de dos en dos a las hebillas de los zapatos de sus compañeros, procurando no hacerles daño. Esta operación, no muy fácil, necesitó más de media hora; pero por fin todos quedaron provistos de tan bellos faroles vivientes.

—¡Es una idea ingeniosa! —dijo el Corsario.

—Puesta en práctica por los indios —respondió el catalán—. Ya con estas luces, podemos evitar los peligros que encontremos en el camino.

—¿Estamos ya?

—¡Todos! —contestó Carmaux.

—¡Adelante, y no hagáis ruido!


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