El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El catalán avanzaba presuroso, empujado por el deseo de saber qué suerte habían tenido sus compatriotas. Del Gobernador no se preocupaba, aun cuando en el fondo de su corazón no le hubiera disgustado encontrarle muerto o de otro modo peor, asado, por ejemplo; pero en lo tocante a sus camaradas, ya era otra cosa. Así, pues, precipitaba la marcha, con la esperanza de poder llegar a tiempo para socorrerlos, porque temía que hubiese caído alguno en manos de aquellos antropófagos.

Resonaban ya los gritos a corta distancia, cuando Carmaux, que marchaba al lado del catalán, al levantar la vista para evitar unas lianas, tropezó con una masa inerte, y cayó en tierra de tan mala manera, que aplastó los cucuyos que llevaba en las hebillas.

—¡Cuerpo de un cañón! —exclamó levantándose a toda prisa—. ¿Qué es eso? ¡Relámpagos! ¡Un muerto!

—¡Un muerto! —exclamaron el catalán y el Corsario inclinándose hacia el suelo.

—¡Miren ustedes!

Entre las hojas secas y las raíces yacía un indio de elevada estatura, con la cabeza adornada con plumas de ará y vestido con una camiseta de color azul obscuro. Tenía la cabeza rota por un tajo de espada, y el pecho, agujereado de un balazo. Debían de haberlo matado hacía muy poco tiempo, porque todavía le corría sangre de ambas heridas.


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