El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Por lo visto, ha sido aquà el encuentro! —dijo el catalán.
—¡Si! —afirmó Wan Stiller—. Veo algunas mazas, y clavadas en los troncos de los árboles, multitud de flechas.
—¡Veamos si hay por aquà tendido alguno de mis camaradas! —dijo con cierta emoción el catalán.
—¡Es perder el tiempo! —contestó Carmaux—. Si ha sido herido alguno, A estas horas estarán disponiéndose a condimentarlo.
—Puede haberse escondido algún herido.
—¡Buscad! —dijo el Corsario.
El catalán, el negro y Wan Stiller registraron las matas cercanas llamando en voz baja, sin obtener respuesta. En cambio, hallaron en medio de la maleza otro indio que habÃa recibido dos balazos en dirección del corazón, y cerca, algunas mazas y arcos y un haz de flechas.
Convencidos de que allà no habÃa ser viviente alguno, volvieron a emprender el camino. Se oÃan muy cerca los gritos de la tribu, y los filibusteros calcularon que con una marcha rápida llegarÃan al campamento de los antropófagos antes de un cuarto de hora.
Realmente, parecÃa que los arawakos celebraban una victoria, porque entre los gritos se oÃan algunas flautas que tocaban aires alegres.